sábado, 20 de julio de 2013

Historias sueltas(3)

Parece ser que no va a ser ella la que coja el teléfono.

Ayer me llamó y me dijo que si tenía tiempo. Insistió en que debíamos quedar, y hacerlo en un bar en el que no nos conocieran. Por teléfono no quiso darme detalles así que mi mente conspiraba pensando qué habría pasado, por qué me había llamado, pero ella no tardó en resolver todas mis dudas. En cuanto la vi, tuve ese instinto de mirar a mi alrededor para ver si los demás veían lo que yo, y un par de miradas lo corroboraron. Mujeres así siempre llaman la atención de más de uno. También decir que mi siguiente impulso fue buscar las puertas de salida y una excusa, una forma de escapar rápidamente de allí. Era una trampa. Ella, me vio a lo lejos y esbozó una sonrisa que no veía desde hace tiempo. La conozco lo suficiente como para ver que no escondía segundas intenciones, y aunque aún no sabía como lidiar con las primeras, pude relajarme.

Su nombre era Clara. Era una vieja amiga con la que compartí mucho tiempo -por causa de nuestros padres que eran amigos- y mentiría si no dijera que también algo más. Nunca os riáis del amor de los más jóvenes: quizás no sepan bien lo que es, pero os aseguro que saben mejor que nadie como se vive: mirad y aprended de ellos. Retomando, Clara me contó que había pensado mucho en mi. Que recordaba los juegos absurdos, las ideas geniales (igual de absurdas que los juegos) y la magia, sobre todo la magia, que desde que nos habíamos separado no había encontrado en su vida. Las carreras que ahora echaba eran para no llegar tarde al trabajo, los momentos de paz y silencio eran sólo para sobrevivir al estrés y las locuras. Locuras, que ya no tenían cabida en su día a día. Me echaba de menos, y yo, mientras me lo contaba, con cara de tonto. ¿ Qué otra cara podía poner?

La conversación no duró mucho pero la noche cayó sobre nosotros. Quizás por verla caer tan rápido, nos asustamos y tras refugiarnos rápidamente en mi casa también nos caímos en mi cama, donde nos despertó el día. Al menos a mi. Ella ya no estaba cuando abrí los ojos, así que me reí. Me reí y me caí de la cama de la risa: No había cambiado en nada. Cuando éramos pequeños, ella venía a mi casa aburrida y se iba cuando se había divertido lo suficiente, siempre sin avisar. No había cambiado en nada. Pero lo que más gracia me hizo, es que yo tampoco. Cogí el teléfono y la llamé. El día antes me había dicho que algo la preocupaba, y yo aún no sabía qué era.

Sonreí.

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