jueves, 25 de julio de 2013
historias sueltas(2)
-Yo no fui.
El profesor me escrutó en busca de cualquier indicio de debilidad, mentira, o pista que pudiera ayudar a saber si decía la verdad, pero no encontró nada y agitó la cabeza levemente. Pensaba que confiaba en mí, pero era notable su gesto de resignación ante la falta de pruebas. Y eso duele aunque fuera yo.
Si me lo hubiera preguntado bien se lo hubiera dicho. Pero éstos interrogatorios, estas puestas a prueba me desquician. Si confías confías, y si me pruebas te arriesgas a que yo supere tus pruebas. Así es la vida. También yo pensaba que no me harías esto, y mis ojos tardaron poco en buscar libertad y vida en la ventana por ello. Estaba nevando, y alguien (osease yo), había escrito en el coche de algún profesor "Por una educación con niños en vez de ovejas", lo cual (se ve), molestó a alguien.
No tengo reparos en decir las cosas directamente pero mi familia me lo tiene desaconsejado, así que prefiero no hacerlo. Pero algo hay que decir. Cada vez nos machacan más a memorizar esto u aquello y menos a aprender, a interesarnos, a saber: Saber del bueno. Eso es lo que me cabrea, por eso protesto: Parece que el futuro no tiene ninguna importancia. Pero ¿Tiene sentido el presente sin futuro? ¿ Y el futuro sin presente? Se necesitan una meta y un camino un final, de otra manera, sera solo andar y andar hasta olvidar por qué empezamos a caminar.
lunes, 22 de julio de 2013
Historias sueltas(1)
Es una buena pregunta, y si tuviera respuesta a las buenas preguntas, no estaría aquí.
- ¿Acaso no puedo?
-Sí pero...
-¿Pero qué?
-Mírate.
Yarm era un buen amigo mío, (nunca entendí lo de buen amigo, si es amigo tiene que ser bueno) así que mi subconsciente le hizo caso antes de que pensara en rehusar. Estaba tirado en el suelo, apoyado en la pared de la mítica calle en la que nunca entrarías de noche, y el día estaba por salir. Tenía una cajetilla de tabaco aplastada con ira al lado y un montón de mierda varia que no era mía. Lo de la cajetilla fuera porque me chiné "un poquito" cuando vi que no quedaban más cigarros. Escondí mi puño izquierdo, magullado, para que Yarm no lo viera. No me apetecía escuchar ningún juicio de valor. Miré el cigarro que aún luchaba por no apagarse en mi mano derecha y le di otra calada. La noche había sido más corta de lo que pensaba, y todo gracias a mis amigos de fuego.
-Deberías dejar de fumar...¡Clink!
Yarm acababa de patear una botella vacía de algo que tuvo alcohol, no recuerdo cual. Pero tengo la vaga sensación de que no debería ser la única botella por aquí cerca.
-...y de beber. Lo de tirarte en esta clase de calles ya es de siempre.
Sonreí. Me encantó que me reconociera eso: "El hombre que se tiraba donde quería, como si la ciudad fuera suya." Que bien suena. Miré a la pared del callejón que tenía delante a expensas de que él me hiciera una pregunta que aún no había escuchado. No tenía nada que decir a una afirmación como la última que hizo.
Pero no dijo nada.
Empecé a apurar las caladas del pitillo, impaciente por ese silencio incómodo. ¿Qué coño está esperando? Eso es lo que pensé al verlo sentado a mi lado, en silencio. No sé cuanto tiempo estuvimos, pero se me acabó el cigarro y tuve que empezar a mordisquear mis uñas. Al final, se levantó y empezó a irse sin mirarme. Me quedé bastante flipado, la verdad, pero entendí que no había nada que decir: Ambos nos conocíamos desde pequeños.
-Sí algún día, en algún momento, puedo hacer algo por ti, ya sabes donde vivo.
Hizo un gesto con la mano a señal de despedida, sin darse la vuelta. Que daño ha hecho el cine. La esquina de la calle se lo tragó al vomitar los primeros rayos de sol, que me hicieron daño a los ojos.
-Agg.
Gruñí, muy elocuente yo.
La luz llegaba poco a poco, y con los ojos a medio cerrar por la luz, eché un nuevo vistazo a mi alrededor. Era aún peor de lo me esperaba, aunque no mucho.
-¿Qué he hecho con mi vida? Quizás es verdad que necesito ayuda. Quizás...
Cerré los ojos. Si tuviera fuerzas para buscar ayuda, la hubiera gastado en ayudarme a mi mismo.
Y con ese pensamiento, dejé que el amanecer me consumiese como si fuera una colilla más.
sábado, 20 de julio de 2013
Historias sueltas(3)
Parece ser que no va a ser ella la que coja el teléfono.
Ayer me llamó y me dijo que si tenía tiempo. Insistió en que debíamos quedar, y hacerlo en un bar en el que no nos conocieran. Por teléfono no quiso darme detalles así que mi mente conspiraba pensando qué habría pasado, por qué me había llamado, pero ella no tardó en resolver todas mis dudas. En cuanto la vi, tuve ese instinto de mirar a mi alrededor para ver si los demás veían lo que yo, y un par de miradas lo corroboraron. Mujeres así siempre llaman la atención de más de uno. También decir que mi siguiente impulso fue buscar las puertas de salida y una excusa, una forma de escapar rápidamente de allí. Era una trampa. Ella, me vio a lo lejos y esbozó una sonrisa que no veía desde hace tiempo. La conozco lo suficiente como para ver que no escondía segundas intenciones, y aunque aún no sabía como lidiar con las primeras, pude relajarme.
Su nombre era Clara. Era una vieja amiga con la que compartí mucho tiempo -por causa de nuestros padres que eran amigos- y mentiría si no dijera que también algo más. Nunca os riáis del amor de los más jóvenes: quizás no sepan bien lo que es, pero os aseguro que saben mejor que nadie como se vive: mirad y aprended de ellos. Retomando, Clara me contó que había pensado mucho en mi. Que recordaba los juegos absurdos, las ideas geniales (igual de absurdas que los juegos) y la magia, sobre todo la magia, que desde que nos habíamos separado no había encontrado en su vida. Las carreras que ahora echaba eran para no llegar tarde al trabajo, los momentos de paz y silencio eran sólo para sobrevivir al estrés y las locuras. Locuras, que ya no tenían cabida en su día a día. Me echaba de menos, y yo, mientras me lo contaba, con cara de tonto. ¿ Qué otra cara podía poner?
La conversación no duró mucho pero la noche cayó sobre nosotros. Quizás por verla caer tan rápido, nos asustamos y tras refugiarnos rápidamente en mi casa también nos caímos en mi cama, donde nos despertó el día. Al menos a mi. Ella ya no estaba cuando abrí los ojos, así que me reí. Me reí y me caí de la cama de la risa: No había cambiado en nada. Cuando éramos pequeños, ella venía a mi casa aburrida y se iba cuando se había divertido lo suficiente, siempre sin avisar. No había cambiado en nada. Pero lo que más gracia me hizo, es que yo tampoco. Cogí el teléfono y la llamé. El día antes me había dicho que algo la preocupaba, y yo aún no sabía qué era.
Sonreí.
Historias sueltas(4)
-¿Qué tal estás?
-¿Qué?
-Que qué tal estás. Llevas unos días muy raro. No respondes a lo que te digo ni das señales de vida, ¿todo bien?
Qué decirle. Problemas en dos cabezas solamente son más problemas.
-¡Claro que sí! Gracias por preocuparte, pero de veras que estoy bien. Sólo algo cansado.
El cansancio siempre funciona como excusa.
-Entiendo... Has tenido unos días complicados, espero que pronto puedas descansar.
-Sí...Yo también lo espero. Muchas gracias por llamar, de veras te lo agradezco.
Cuando pienso en ello, siempre creo que es imposible que no me notara nada distinto, aunque fuera en el tono al hablar. Pero me alegro de que no lo notara o que no quisiera hacerlo. Al fin y al cabo, nadie puede ayudarme mientras yo no quiero.
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La tristeza entre dos es menos triste, por eso tenemos dos ojos para llorar. Así cada uno llora menos, aunque lloren más. Por eso no entiendo a la gente que no comparte sus penas con los que están dispuestos a llevarlas: hoy por ti, mañana por mi. Y así, juntos, tirando cada uno cuando el otro está sin fuerzas, llegaremos más lejos. Para eso están l@s amig@s. Aunque para que eso hay que confiar en ellos, dejarles llevar parte de nuestro dolor. Eso también es valor, porque da miedo; eso también es confianza, porque no se hace con cualquiera: Ni todos los amigos se atreven, ni todos confían. Algunos deciden por sus "amigos" lo que más les conviene, como si ellos no supieran decidir. Lo que pasa es que algunos no se atreven, algunos no confían.