-¡Ey, Frank! ¿Qué haces aquí?
Es una buena pregunta, y si tuviera respuesta a las buenas preguntas, no estaría aquí.
- ¿Acaso no puedo?
-Sí pero...
-¿Pero qué?
-Mírate.
Yarm era un buen amigo mío, (nunca entendí lo de buen amigo, si es amigo tiene que ser bueno) así que mi subconsciente le hizo caso antes de que pensara en rehusar. Estaba tirado en el suelo, apoyado en la pared de la mítica calle en la que nunca entrarías de noche, y el día estaba por salir. Tenía una cajetilla de tabaco aplastada con ira al lado y un montón de mierda varia que no era mía. Lo de la cajetilla fuera porque me chiné "un poquito" cuando vi que no quedaban más cigarros. Escondí mi puño izquierdo, magullado, para que Yarm no lo viera. No me apetecía escuchar ningún juicio de valor. Miré el cigarro que aún luchaba por no apagarse en mi mano derecha y le di otra calada. La noche había sido más corta de lo que pensaba, y todo gracias a mis amigos de fuego.
-Deberías dejar de fumar...¡Clink!
Yarm acababa de patear una botella vacía de algo que tuvo alcohol, no recuerdo cual. Pero tengo la vaga sensación de que no debería ser la única botella por aquí cerca.
-...y de beber. Lo de tirarte en esta clase de calles ya es de siempre.
Sonreí. Me encantó que me reconociera eso: "El hombre que se tiraba donde quería, como si la ciudad fuera suya." Que bien suena. Miré a la pared del callejón que tenía delante a expensas de que él me hiciera una pregunta que aún no había escuchado. No tenía nada que decir a una afirmación como la última que hizo.
Pero no dijo nada.
Empecé a apurar las caladas del pitillo, impaciente por ese silencio incómodo. ¿Qué coño está esperando? Eso es lo que pensé al verlo sentado a mi lado, en silencio. No sé cuanto tiempo estuvimos, pero se me acabó el cigarro y tuve que empezar a mordisquear mis uñas. Al final, se levantó y empezó a irse sin mirarme. Me quedé bastante flipado, la verdad, pero entendí que no había nada que decir: Ambos nos conocíamos desde pequeños.
-Sí algún día, en algún momento, puedo hacer algo por ti, ya sabes donde vivo.
Hizo un gesto con la mano a señal de despedida, sin darse la vuelta. Que daño ha hecho el cine. La esquina de la calle se lo tragó al vomitar los primeros rayos de sol, que me hicieron daño a los ojos.
-Agg.
Gruñí, muy elocuente yo.
La luz llegaba poco a poco, y con los ojos a medio cerrar por la luz, eché un nuevo vistazo a mi alrededor. Era aún peor de lo me esperaba, aunque no mucho.
-¿Qué he hecho con mi vida? Quizás es verdad que necesito ayuda. Quizás...
Cerré los ojos. Si tuviera fuerzas para buscar ayuda, la hubiera gastado en ayudarme a mi mismo.
Y con ese pensamiento, dejé que el amanecer me consumiese como si fuera una colilla más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario